HISTORIAS DE BLOG
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Pequeñas historias
Mi blog cambia su aspecto
Hola a todos. Ayer estuve un poco entretenida cambiando el aspecto del blog. Aunque ya domino el Photoshop, las características de myblog no te permiten hacer grandes cosas, y yo no sé manejar el html. Espero que os guste.
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He subido 4 kilos

Ante todo, Feliz Año nuevo a todos, a los que me seguísteis alguna vez y a los que me leéis por primera vez. He estado ausente durante mucho tiempo. Apenas he escrito en este último año. He perdido la costumbre y tal vez la motivación que me impulsaba a buscar nuevos temas que comentar en mi blog. Hoy he entrado a echar un vistazo y me han vuelto las ganas de escribir. Así que escribiré sobre lo último que me ha pasado: HE SUBIDO 4 KILOS. Están repartidos entre las tetas y la barriga y ¿sabéis? me sientan fenomenal. De hecho, creo que pienso subir algunos más. De momento les he puesto nombre, porque quiero que nuestra relación sea estupenda. Por ahora los llamo Cloe. Tenemos una relación extraña. A pesar de que me generan muchas incomodidades y ya no soy capaz de posar como una garza sobre una sola pierna, cada día los deseo más. ¿Será una relación masoquista? Al principio notaba como se me estiraban músculos y tendones, me daban pinchazos e incluso frecuentes dolores de cabeza. Mis pechos comenzaron a crecer hasta que los sujetadores quedaron rebosantes y mi novio encantado. Si miro hacia abajo, ya ni siquiera me veo las uñas de los pies. Me he vuelto resbaladiza: todo se me cae. Y se me hace terrible tener que agacharme para recoger lo que me resbala. Los mimo tanto que ya ni pruebo el alcohol, por si les sienta mal. Por las noches los unto con aceite y por la mañana con crema hidrantante, para que estén brillantes y elásticos. Les he descargado música clásica, porque creo que del tiempo que llevan ahí han desarrollado el sentido del oído y creo que les gustará algo suave. Y algún día... os los presentaré.
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La piedra y el cascanueces
Érase una vez una piedra marrón de río, perfectamente pulida, redonda, brillante. Vivía en el lecho del río, rodeada de algas, alegre y contenta de sentir el agua a su alrededor, de pasarse las horas tranquilita en su sitio, de dedicarse a contar pececitos antes de dormir. Fue un día aciago cuando aquella sombra se acerco nadando hacia ella, vislumbró una boca y luego oscuridad. Fue tanto el tiempo en oscuridad que olvidó las algas, olvidó los peces, olvidó el agua y al final se olvidó de sí misma. El pez no pudo resistirse a aquel baile brillante que jugueteaba tras el sedal y acabó en la cesta del pescador. Éste fue clemente con el animal, dejó que muriera ahogado mientras se sacudía frenéticamente. Ya en casa, limpió las escamas y abrió la barriga de un largo tajo. La piedra no sintió la luz ni el cuchillo, pero estaban allí. El pescador la miró durante un momento: una piedra marrón. La secó y la volvió a mirar, una pequeña sorpresa, tan pequeña como una nuez. Sin pararse a pensarlo la dejo en la cesta de las nueces, y allí se hundió la piedra. Las nueces recibieron alborotadas a su nueva compañera. “Bienvenida”, gritaron las nueces de la tierra entre jaranas y aplausos: - ¿De dónde eres? - preguntaron. Las nueces de California, más puestas, dijeron sólo un sobrio: - Hi! where are you from?-. No les llegó respuesta a ninguna. Aquella extraña y callada nuez que se había hundido en el cuenco permaneció impertérrita a sus preguntas. - Será una nuez china, ahora tocan todos los mercados -, concluyeron las nueces. Y allí permaneció, mientras sus compañeras parloteaban incansablemente. Llego el día en que el pescador llevó el cuenco al salón. Ese viaje sería sólo de ida para la mayoría de las nueces, a veces para todas. Aquellas que habían logrado sobrevivir ya se encargaron de narrar cuentos de terror en los que un maquiavélico ser gritaba exigiendo más nueces para destrozarlas. - Venid a mí, venid a mí, venid a mí... – gritaba el cascanueces. – ¡Nueces, nueces, nueces!. Yo decido, yo mastico, yo destruyo. – aullaba el cascanueces –. - Nueces, nueces, nueces. Mis dientes son más fuertes, mi boca más grande, mis mandíbulas, las más feroces, - bailaba desaforadamente – Nueces, nueces, nueces, adoradme antes de morir. Las nueces gemían y temblaban dentro de su cuenco. Pequeñas como eran, diminutas nueces dentro de la boca del cascanueces. Siempre el mismo rito, siempre el mismo resultado. El cascanueces estaba orgulloso de su trabajo, le encantaba esa pequeña lucha desigual en la que la dura nuez acababa cediendo frente sus imponentes mandíbulas, el crujido final, como una explosión de fuegos artificiales, desparramando la nuez entre su boca, disfrutaba sintiéndolas temblar en sus fauces; ese momento lo era todo en su vida. Y así, comenzaba el fatídico día; las nueces sollozando e intentando escapar en el cuenco, deseando no ser escogidas; los aullidos del exultante cascanueces entre chasquido y chasquido. Fue entonces cuando escogieron a la china cuando todas se dieron cuenta de que no conocían su nombre. A ninguna le dio más pena que la compasión que sentían por sí mismas al temerse ser las próximas. El cascanueces no la sintió temblar en su boca, pero eufórico como estaba, no llegó a darse cuenta. Apretó, apretó más de lo que lo había hecho en toda su vida; apretó tanto que los dientes rechinaron, hasta que finalmente oyó el crujido; pero esta vez fue el suyo. No soltó ni una lágrima, ni un suspiro. Reventó por su eje y la china salió disparada, atravesó el salón y se perdió por una ventana abierta. Las nueces no dieron crédito a lo que había pasado; lo comentaron entre susurros en el trayecto de vuelta a la cocina. Aquel día sólo habían perdido a media docena de las suyas sin contar a la china, aquella nuez callada que había derrotado al cascanueces y escapó del cuenco. Desde entonces, las nueces sueñan con escaparse, con derrotar al cascanueces y fugarse como la china. Relatan aquel prodigioso hecho adornándolo de mil maneras, y aunque sollozan el día que viajan al salón ya no tiemblan tanto como antes al enfrentarse a los cascanueces. Incluso, de vez en cuando, alguna consigue resistir a su boca el tiempo justo para que se rompa su cáscara junto con las mandibulas del cascanueces. Y ésta es la razon de porque a algunas piedras se les llama chinas. (Los cuentos de Papá Lobo, por Arturo Ruiloba) Esta es una historia que a mí me ha gustado mucho y que escribió mi novio. Todavía estoy esperando a que me escriba "La piedra y la rana", pero se cree que ya me tiene conquistada y no escribe nada. Aquí les dejo el enlace a su blog: http://www.jeecko.blogspot.com/
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Mañana es mi cumpleaños
Mañana es mi cumpleaños. Me muero de la emoción por saber qué me van a regalar mis padres. Voy a cumplir diez años y ya seré mayor. Será una gran fiesta, vendrán todos mis amigos. Habrá sándwiches, dulces, refrescos y muchas golosinas; pondremos música y cantaremos y bailaremos hasta que anochezca. He invitado a Luci. Le pediré que sea mi novia. Ahora tenemos los dos la misma edad y ya no puede decirme más que soy un niñato, aunque ella sea más alta. Va a flipar cuando vea el pedazo de bicicleta que espero con toda mi alma que me regalen. Pero lo más importante: ya tengo una edad con dos cifras. La gente no te trata con respeto cuando tienes una sola cifra, creen que no tienes cerebro o que no estás demasiado maduro. Yo soy bastante maduro para mi edad. Me importa mucho la paz mundial y esas cosas y cuando sea mayor seré alcalde o algo así para que todo el mundo esté contento y me saluden por la calle dándome las gracias por solucionar todos sus problemas. Aunque también podría ser policía y limpiar las calles de la gente mala que toma drogas y roba. Los pondría un tiempo entre rejas para que pensasen bien si lo quieren repetir y luego los soltaría y ellos se buscarían un trabajo y se convertirían en personas decentes. Me voy a acostar ya para que el tiempo pase rápido, aunque no creo que pueda dormir esta noche…
... Mañana es mi cumpleaños. ¡No me lo puedo creer! ¡Ya voy a cumplir los cuarenta! Creo que mejor no salgo… Ya llevo tres semanas deprimido y todavía no me hago a la idea. Esta mañana me he mirado al espejo con los ojos aún cosidos por las legañas. La barba arañaba el espejo y una alopecia galopante dejaba constancia en mi lavabo de que ya no soy un chaval. Tal vez sea mejor que salga y beba alcohol hasta que pierda la consciencia y me olvide de quién soy y qué edad tengo. El tiempo ha pasado rápido y ¿qué he conseguido? Un divorcio, una hipoteca, un montón de deudas y un hijo al que veo una semana sí y otra no. Ojalá volviese a ser niño, sin responsabilidades, sin preocupaciones
Me voy a acostar, espero dormir hasta pasado mañana… Dedicado a Arturo, cuyo cumpleaños... ¡es mañana! Tranquilo... tú sólo cumples 36
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Cuando seamos millonarios
Armando y Sabrina probaban suerte cada semana en los juegos de azar. Se gastaban tres euros entre los dos e imaginaban las cosas que harían si les tocaba un euromillón. Ambos estaban de acuerdo en irse de viaje. Sería un viaje largo, por todo el mundo, sin destino fijo. Por su parte, cada uno soñaba con sus propios gastos, preferencias muy normales de lo que haría alguien con mucho dinero: una hermosa casa que amueblarían sin pisar Ikea, un coche nuevo, quizás un Saab. Pero lo más importante era la despreocupación que todo ello conllevaba; no volver a trabajar jamás para nadie, no tener obligación de madrugar. Vivir; simplemente vivir. Serían tan ricos, que además podrían resolverle la vida a sus familiares y a algunos de sus amigos. Era bonito soñar. Se querían y compartían juntos las ilusiones, pensando que si ganaban una fortuna su felicidad no tendría límites. Cada semana, el que compraba los billetes del sorteo, recibía la mitad de su precio en efectivo. Daba igual que compartiesen otras cosas, en los sorteos, a Sabrina le gustaba que no hubiese confusiones ni malos entendidos, así que se esmeraba en pagar su parte o exigir la de Armando. Ese día, era Armando el que comprobaba a través de Internet el resultado de los sorteos. Casualmente, había coincidido en que ambos habían comprado billetes, así que en vez de pagar el uno al otro, compartían los números. – Nada -, dijo Armando. No hemos sacado nada hoy tampoco. Sabrina estaba planchando y dejó la plancha a un lado y fue a su ordenador a comprobar los suyos. El sorteo era dos días después. - ¿Para qué fecha era el tuyo? Todavía no ha salido el sorteo del mío. Armando comprobó que era cierto y volvió hacia el cubo de basura donde había lanzado su billete. Una vez rescatado, comprobó que la fecha que había mirado era la del sorteo anterior. El billete estaba muy arrugado. - ¡Dámelo! – dijo Sabrina. - Eso lo soluciono yo en un momento -. Y cogió el billete de la mano de Armando y rápidamente le pasó la plancha en un intento por volverlo a su estado original. El billete quedó bastante liso, pero al darle la vuelta, los números del sorteo se habían convertido en un borrón negro de grafito. - ¿Qué has hecho? – gritó Armando. - Yo sólo quería alisarlo – se exculpó ella. Él intentó rescatar los números jugados que apenas se percibían. – Tíralo.- dijo Sabrina. – Si sacamos algo, no admitirán ese billete. – Espérate al sorteo. Así me quedaré tranquilo si no sacamos nada. - ¿Y si sacamos algo? ¿no es mejor no saberlo? – inquirió Sabrina. – Necesito saberlo -, dijo él. Ahí comenzó una discusión acerca de lo que pasaría si se sacaban el billete. Ella imaginó en su cabeza que él la dejaría, y si no lo hacía, le reprocharía eternamente lo distinta que podría ser su vida. Él le decía que no pasaría nada, que no la dejaría, pero que necesitaba saber el resultado del sorteo. El asunto quedó ahí y no hablaron más del tema. Al día siguiente, Sabrina compró un nuevo billete, para compensar el que faltaba, pero no le dijo nada a Armando. Un día después podía comprobar los resultados del sorteo en Internet. Le pidió los números a Armando y comprobó que no habían acertado ni uno, ni en los planchados ni en los que había comprado ella. Más tarde, cuando se encontraba sola en casa, sacó el billete que había ese mismo día y comprobó el resultado. – Vaya, dos aciertos. ¡tres!... ¡cuatro!.... ¡cinco! ¡¡y una estrella!! ¡No puede ser! Leyó un poco más abajo: Había tocado en la administración en que ella lo había comprado. No era el bote, que no había tenido acertantes, pero era el siguiente premio, que contaba con un único acertante y había sido ella. Más de ocho millones de euros. La cifras le bailaban en los ojos. Entonces pensó en la reacción de Armando al planchar el billete. ¿Qué pasaría ahora? Podía callarse y cobrar el billete. Simplemente desaparecer. Pero ella le quería y hacía tiempo que sabía que ningún dinero del mundo es capaz de comprar la felicidad ni el amor, aunque sí es capaz de destruirlo. Entonces respiró hondo. Contó hasta tres y rompió el billete en seis pedazos que fueron directamente a la basura. Siguió comprando billetes con Armando y haciendo planes. Él nunca supo lo sucedido. Ella nunca supo ni quiso saber lo que habrían cambiado las cosas si hubiesen sido millonarios.
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Corazón perdido
Ayer iba caminando por la calle, despistada como de costumbre cuando de pronto, mis pies tropiezan con algo. Bajo la mirada y veo algo rojo. Era un corazón, pequeñito, con sus ventrículos y aurículas, aún palpitando, muy despacio, perdiendo sangre... Lo recojo y con mucho cuidado lo llevo a la oficina de objetos perdidos. Allí me dicen que nadie ha ido reclamando un corazón, que lo guarde yo, que ellos tienen el almacén lleno de llaves, carteras y toda clase de objetos. Regreso con el corazón en la mano, sin saber bien qué hacer con él. Entonces se me ocurre una idea genial. Había una manifestación muy cerca de allí. Me acerco y le pido a alguien si me puede prestar un momento el megáfono. Cojo el megáfono, lo enciendo y grito: ¿¿¿ALGUIEN HA PERDIDO UN CORAZÓN??? La gente se vuelve, me miran y gritan: - ¡¡ Yo!! - ¡¡¡Yo!!! - ¡¡ Yo también!! Una multitud reclama el corazón. Entonces me doy cuenta. Ese corazón... es el mío.
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Primera cita
Esa noche Susana se preparaba para su primera cita con Carlos. Se habían conocido días atrás en una fiesta de cumpleaños. Habían hablado varias veces por teléfono y por fin nada impedía que ese día saliesen juntos por primera vez. Susana quería estar impresinante y se esmeró acicalándose. Por la tarde fue a la peluquería y le retocaron el corte y el color. La peinaron de modo que su cabello estaba perfecto para grabar un anuncio de pelo Pantene. Una vez en casa, se bañó con su gel especial de albaricoque, luego con el de miel hidratante y por último se pasó el guante de crin por todo el cuerpo con el de aloe vera. Al salir de la ducha, y con su cabello protegido por una toalla, se dio una mascarilla desincrustante, luego otra exfoliante y por último una hidratante. Entre mascarilla y mascarilla, se depiló todo lo depilable y dio forma al arco de sus cejas quitando los pelitos sobrantes con unas pinzas. Se retiró la última mascarilla. Su piel quedó perfecta. Comenzaba la sesión de maquillaje. Primero el corrector de ojeras e imperfecciones; luego la base, luego los polvos transparentes para eliminar los brillos. Se dibujó la raya del ojo con un pulso de cirujano; se aplicó tres tonos de sombra debajo de la ceja y en los párpados. En las pestañas se aplicó la máscara efecto pestañas de abanico. Parpadeó dos veces. Sacó del bolso la barra de labios comprada para la ocasión y se coloreó sus prominentes labios, que posteriormente dejó con aspecto de jugosos gracias al gloss. Con la brocha grande se espolvoreó el colorete rosa en las mejillas con el arte de un pintor que da los últimos retoques a su obra maestra. Se quitó la toalla de la cabeza y se soltó el pelo. Se colocó en un rápido gesto ese vestido precioso que había comprado hacía varias semanas y que reservaba para una ocasión especial. Se calzó sus tacones favoritos de siete centrímetros y medio. Sí. Estaba maravillosa. Y había acabado con el tiempo justo de acudir al lugar en el que habían quedado. Así que esperó diez minutos más en casa, no fuese a ser uno de esos chicos impuntuales y ella tuviese que estar esperándolo. Cogió el coche y se dirigió a su destino. Cuando llegó él la esperaba ya. ¿Pero... ése era él? Iba sin afeitar, el pelo demasiado largo y parecía que se acababa de levantar de la siesta. Llevaba una camiseta arrugada, unos vaqueros machandos por los bolsillos y unos zapatos viejos y sucios. Él le sonrió y se aproximó hacia ella. Mientras le daba dos besos le decía: - ¡Qué guapa te has puesto! No me habías dicho que te ibas de boda después del café. Susana quiso en ese momento que se abriese una gran grieta en el suelo por donde la tierra se la tragase, pero improvisó: - No. En realidad vine para decirte que no puedo quedarme contigo porque tengo que sustituir a una amiga en un pase de modelos. Lo siento, Carlos. Otro día será.
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Soy de ninguna parte
Cuando me preguntan que de dónde soy, siempre me quedo pensando, decidiendo si buscar una respuesta sencilla y falsa o si relatar la historia de mi nacimiento. Mi nacimiento, como casi todo en mi vida, no fue nada corriente. No, no podía nacer en una sencilla clínica tras los avisos de las primeras contracciones unas horas antes, como nace casi todo el mundo. Yo nací en un vuelo internacional Madrid-Grecia en mitad de ninguna parte. Mi madre, con ese espíritu viajero que siempre la caracterizó voló tras hacer escala en Alemania hasta Grecia, donde se producía una especie de congreso de ornitología balcánica. Ella siempre fue amante de esos bichos alados. Tras licenciarse en Biología en la Universidad Complutense de Madrid, se especializó en Zoología, más concretamente en pajarracología, como solía llamar yo a su eterna pasión, que era tan desmedida que con 8 meses y medio de embarazo partió solita hacia Grecia alegando que estaría de vuelta antes del parto. Ja, como si se pudiese librar de él. Y allí estaba yo, que con el cambio de presión y con la prisa que siempre me acompañó para adelantar acontecimientos, decidí salir a echar un vistazo, a ver que se cocía en aquel avión que no paraba de dar tumbos. Afortunadamente para mi madre y para mí, en el avión había un veterinario especialista en partos vacunos, que sacó a esta mujer, primera protagonista de mi vida, del apuro de ver que sus retoños no salían de un huevo, como sus tan preciadas aves y la socorrió ante la expectación de los pasajeros y la alarma de azafatas y pilotos, en medio del espacio aéreo internacional. A veces, cuando me preguntan que de dónde soy, me quedo pensativa y levanto la cabeza hacia el cielo. Luego respondo: de Lufthansa.
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