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Historias cotidianas

Soy Cloe

¡Hola, soy Cloe! Ya tengo cuatro meses y medio y va siendo hora de presentarme. Este mundo es la mar de interesante; hay un montón de colores y todo tiene movimiento. Mi madre es la monda y me hace reír muchísimo, aunque yo lloro a menudo cuando se cansa de hacer su show, de cantarme canciones o intenta alejarse un poco de mí para hacer otra cosa. He descubierto que tengo un montón de cosas: tengo unas manos estupendas que pueden agarrar el chupete, tirarle de los pelos a mámá, empujar el biberón, sujetar mis muñequitos y darle palmetazos al teclado del ordenador. También tengo dos pies muy divertidos que puedo acercarme hasta la boca y chuparlos. Me encanta subirlos y me ayudan a empujarme para darme la vuelta. Lo que no consigo es ponerme a gatas. Yo levanto el culete con todo mi empeño, pero mis brazos no pueden levantar el resto de mi cuerpo, así que lloro de frustración. Será cuestión de seguir practicando.

Mamá ayer empezó a darme fruta y creo que he puesto una cara de asco impresionante; pero seguí saboreando y al final, no estaba tan mala. Pero prefiero la lechita de mamá...mmmMmmmm, ¡qué rica! y siempre calentita.

La verdad es que este mundo no está nada mal, al menos por ahora. Todo son mimos para mí y ¡tengo tantas cosas por descubrir!

4.10.09 19:50


Elvira

Conocí a Elvira trabajando en Londres. Elvira era una enfermera madrileña que había pedido una excedencia de un año en su trabajo para irse a aprender inglés a Inglaterra. Decidida como estaba a aprovechar su estancia de un año en Londres, Elvira siempre te contestaba en inglés, aunque tú le hablases en español; hablaba en un inglés de jotas estruendosas y frases simples. Lo cierto es que su pronunciación era muy mala, pero a ella eso no la echaba para atrás ni comedía su desparpajo.

Recuerdo verla llegar al trabajo con su bicicleta de principios de siglo que habría comprado de octava o novena mano.

Después de varios meses trabajando juntas llegamos a hacer cierta amistad. Un día me dijo: - Yo soy capaz de tirarme pedos con el chichi…  Yo la miré alucinada. No recuerdo bien si por su descaro o por su habilidad. – Escucha, - me dijo. Y una sinfonía de vientos sonó desde sus partes más íntimas. Reí; y pensé en aquellas personas que se presentan a los Records Guinnes.

Elvira era muy despreocupada. Le gustaba vivir la vida aprovechando cada momento y hacer todas aquellas cosas que le apetecían cuando le apetecían. Ya tenía pensado que probablemente luego se iría a algún lado como enfermera sin fronteras. Nunca supe si lo hizo. Sólo la llamé una vez después de que ambas regresamos. Me contestó su madre diciéndome que se había comprado una casa y ya no vivía allí.

Había olvidado su nombre. De su cara recuerdo su tez morena, su pelo castaño un poco ondulado y nunca muy peinado y unos dientes grisáceos.  Hoy mientras me duchaba y sin venir a cuento me volvió su nombre a la cabeza y empecé a recordar algunos momentos que pasamos juntas. Me pregunto qué será de ella.

Es curioso que cuando te olvidas de alguien algún mecanismo secreto y oculto de tu cerebro, un día cualquiera, comienza a pulir alguna parte del subconsciente para recordarnos a aquellas personas que en algún momento formaron parte de nuestra vida.

12.8.08 22:14


La historia de mi ganglión

 

Hace ya un año escribí la historia de mi ganglión, una historia que se perdió y jamás llegó a publicarse, de la que sólo quedó un pequeño post de intención con foto incluida.

Ha llegado el momento de volver a contarla, porque la historia no había acabado. Empecemos por el principio:

Cuando tenía unos catorce años me salió un bulto en la mano, el protagonista de esta historia, que entonces fue descrito por un médico de cuyo nombre no quiero acordarme, como un quiste sebáceo.

El médico innombrable me mandó una pomada, le cobró a mi madre la consulta y pasó a esa lista de médicos que guardo “a los que jamás volvería a visitar”.

La pomada por supuesto que no sirvió para nada. El bulto se quedó ahí y al cabo de dos años fui con mi madre a un dermatólogo. Éste no dudó en que había que cortar por lo sano, así que programó una operación para unos días después.

Recuerdo aquel día vívidamente. El dermatólogo asistía al cirujano que me operaba. Primero cortó a lo largo de la muñeca unos dos centímetros. Puso una especie de pinzas que separaban la piel hacia los lados, y con un bisturí continuaba cortando carne hacia dentro. Yo permanecía tumbada en una camilla, con la mano apoyada en mi estómago. El cirujano me dijo que mirase hacia el otro lado, pero no pude evitar mirar y fui testigo presencial de la extirpación. El dermatólogo sujetaba las pinzas separadoras, pero en vez de mirar hacia el corte, estaba pendiente de otras cosas mientras hablaba y yo notaba como cada vez me tiraba más la piel de la mano a pesar de la anestesia local. Pero en aquel entonces era un poco tímida y no me atreví a protestar.

Mi madre salió de la sala desde que empezó a cortar. Yo no tuve problema, a pesar de que no soy de estómago fuerte, pero supongo que aguanto más cuando soy yo la víctima de la sangría.

Tras cortar alguna carne apareció el ganglión. El cirujano cortó alrededor hasta que éste quedó suelto y pudo extraerlo. Era como una gran judía semitransparente y rellena de líquido. Al extraerlo, se dio cuenta de que debajo había otro y continuó escarbando hasta casi atravesarme la muñeca.

Quince puntos en total de remiendo en mi mano.

Lo peor vino después: el dolor cuando la anestesia dejó de hacer efecto, el supervendaje tipo guante-Mike Tyson que me dejaron para inmovilizarme la mano y que me impedía ponerme cualquier tipo de camisa. No había manga por la que cupiese, y eso que eran los 80.

Así estuve varias semanas, cosida, vendada, inutilizada, dolorida y cabreada, hasta que yo misma me harté un día, me saqué los puntos que colgaban y me quité la venda que tanto me martirizaba.

La mano nunca quedó igual, no pude volver a apoyarla sin sentir dolor durante mucho tiempo, años quizás. La cicatriz permanece como testigo mudo de aquellos “quistes” que me quitaron.

Años después volvió a aparecer otro ganglión. Tal vez pasaron 8 años, no lo recuerdo. Pero volvió a aparecer. Allí estaba: un pequeño bulto queriendo escaparse de mi piel. Esa vez no necesité médico. Allí lo dejé. Alguna vez dolía, cuando se disponía a crecer un poco más. Llegó a adquirir un tamaño considerable sobresaliendo cual montaña en mi muñeca. Pero yo lo dejé y hasta le cogí cierto cariño. Permaneció durante años, fue testigo de muchas historias de mi vida, fue observado por mucha gente y todos tenían algo que opinar acerca de él. Hasta que un día me cansé. No quería volver a pasar por una amputación como la que recordaba, pero lo cierto es que quedaba bastante feo en la mano y me cansaba que todo el mundo me preguntase por él. Así que decidí volver al médico. Y ahí comencé a tomar conciencia de cómo funciona la Seguridad Social en nuestro país. Antes era poseedora de un seguro y una salud de roble que me hacían vivir en los mundos de Yupi de la sanidad pública. 

Tras ir de médico en médico y de traumatólogo en traumatólogo, por fin me pusieron en una lista de espera para operarme el dichoso ganglión.

Y a esperar.

Esperé tanto, que me llamaron al cabo de un año y medio, hace unos 7 meses para la operación. Yo me quedé de piedra. ¿Operarme el ganglión? ¿Qué ganglión? Después de unos diez años y varias subidas y bajadas hasta quedarse duro como una piedra, un buen día, decidió disolverse por donde mismo había entrado. Tal vez alguna mala postura en la mano ayudó a que este hecho se produjese. Pero una buena mañana, en algún momento noté la carencia de mi inseparable ganglión. Después de eso volvió a asomar meses después, volvió a disolverse y así sigue, apenas imperceptible, esperando a resurgir de sus cenizas cual ave fénix, en cualquier momento.

En el primer post que escribí hace más de un año, contaba cómo mientras buscaba información acerca del ganglión di con un blog, que me gustó mucho, el blog de Karlankas, que me inspiró a comenzar éste.

A día de hoy he escrito 86 artículos y he recibido más de 31.000 visitas, a pesar de que llevo varios meses en que apenas escribo. Tengo un segundo blog donde paso mis artículos “más serios” y que recibe visitas a través de la gente que busca información en Internet, de lo cual me siento bastante orgullosa, pudiendo aportar mi granito de arena a esta gran red. He escrito un poco de todo, unas veces más inspirada que otras, pero todo forma parte de mí, de mi vida, de mi imaginación, de mi conocimiento o de propia forma de ser.

A todos aquellos que me siguieron mientras era constante, a los que me visitan todavía, a los que me descubren y a los que simplemente curiosean: GRACIAS. Y sobre todo, gracias Karlankas, por tu inspiración.

 

11.8.08 22:24


Mi jefe

 Mi jefe es un jefe de don: Don Guillermo, que le decimos; porque pasadas ciertas edades la gente necesita reafirmarse, creer que el tiempo que ha pasado no ha sido en vano y que si la gente le trata de don es porque le respeta y porque tiene cierto poder social, aunque tal vez le añadimos el don por no llamarlo Guillermo el Gruñón. Lo cierto es que don Guillermo esconde sus miedos como todo don; sus miedos a que la empresa quiebre, a que sus empleados le dejen colgado en un mal momento, a no poder hacer frente a las deudas.

Don Guillermo tiene un bigote largo y gris, tipo morsa, a juego con el resto de su cabello, que cuando se pone nervioso se alborota con las manos y le queda cual Einstein. Es rechoncho, tirando a bajo y las pocas veces que se ríe hace bromas que sólo le hacen gracia a él, pero que reímos todos, por la novedad.

En la oficina tenemos un microondas al cual jamás se acerca. Un hombre tan explosivo y de tanto carácter no puede hacer frente a un aparato que a primera vista es inofensivo. Pero es que mi jefe lleva un marcapasos y parece ser que las ondas electromagnéticas y los marcapasos no se llevan bien.

A veces me da pena. Parece un buen hombre, tal vez demasiado curtido por años de lucha empresarial. Es desconfiado, siempre cree que la gente tiene dobles intenciones. De mí cree que soy una ingenua, y tal vez tenga razón, pero me gusta dar un voto de confianza a la gente que aún no conozco e ir con la verdad por delante, sin trucos ni falsas promesas.

Un día don Guillermo hablaba con un compañero de la otra delegación por teléfono. No sé qué hizo éste, pero le gritó tanto y tan fuerte que creí que el marcapasos se le escapaba por la boca, mientras yo me convertía en un pequeño ovillo en mi escritorio. A mí no me grita. Tal vez me ve más vulnerable o tal vez le impongo demasiado. Nunca doy motivos a nadie para que me grite pero tampoco consiento que se me falte al respeto.

Es un jefe, y como tal, siempre tiene la razón, aunque las cosas que diga no sean lógicas, aunque le des explicaciones, aunque diga una cosa y lo olvide para afirmar que ha dicho lo contrario. Yo no discuto con él. Lo dejo reafirmarse, como a los locos. En el fondo sabe que me da igual lo que diga, porque discutir con él es una pérdida de tiempo.

7.7.08 23:31


Sobre la vida y la muerte

Nació desnudo, con los sentidos limitados y necesitado de alguien que se ocupase de él. Cuando moría, intentaba desnudarse, quitarse esa sábana que cubría unas piernas blancas sin vello, con la piel pegada a los huesos, con unos pañales marcando las mismas limitaciones que en el comienzo de su existencia.

Era mi abuelo. Aquel que llevaba a todos sus nietos a la playa subidos en un Seat 600 mientras cantaba las canciones de los payasos de la tele mientras todos las coreábamos y nos agachábamos en los túneles.

Un optimista nato, tal vez porque nunca quiso ver más allá de la realidad que le interesaba, tal vez porque era su carácter, o porque era más fácil vivir mirando sólo el lado bueno de las cosas e ignorando el malo.

Con sus defectos y sus virtudes, era mi abuelo y, aunque alejados ya porque habíamos dejado de ser aquellos críos a los que regalaba caramelos e iba a ver los domingos, formó parte de la primera etapa de mi vida: la infancia. Esa etapa donde se forja el carácter, influenciado por múltiples factores sociales, por vivencias, experiencias, y sobre todo, por lo que vamos a recibir y a aprender de aquellas personas que en esa etapa son las más cercanas: la familia.

El primer día que fui a verlo al hospital lo supe. Sólo tuve que ver su mirada moribunda, que parecía estar ausente, con parte de su ser en ese otro mundo en que siempre creyó. Los demás intentaban ser optimistas. Siempre había sido un hombre fuerte y sano. Pero el cuerpo tiene un límite y el suyo había llegado.

Incluso cuando mi padre me llamó hablándome de una mejoría, yo supe que era esa mejoría precedente al final, en que se recobra la conciencia para despedirte de alguna manera de los que te rodean. Él lo sabía, aunque nadie decía nada. Me apretaba la mano con fuerza a modo de despedida, pero su boca desdentada no era capaz de hablar de ello.

Este mes cumplió 95 años. Se apagó lentamente tras la muerte de mi abuela el pasado año. Hace menos de una hora que ha muerto.

27.6.08 18:25


San Valentín, un día cualquiera

 

Hoy es San Valentín. No había pensado nada especial para este día, porque todos sabemos que es una estrategia comercial para vender más. Es bueno recordar que se quiere a alguien, pero yo no lo he olvidado. Lo recuerdo todos los días y espero seguir haciéndolo en el futuro, cuando las cosas vayan peor, cuando tú estés de mal humor, cuando la rutina nos invada, cuando no te comportes como yo espero o no digas lo que yo quiero oír.

Aún así, hoy es un día tan bueno como cualquier otro para decirte que soy más feliz desde que te conozco, que me río más y me parece todo más sencillo a tu lado.

 

Hoy es un día tan bueno como cualquier otro para decirte que las dificultades se superan mejor a tu lado, que me siento más fuerte, más capaz de cualquier cosa.

 

Hoy es un día tan bueno como cualquier otro para decirte que me gusta cuando te quedas parado y me miras diciéndome con los ojos más palabras que con la boca; que me preocupas y quiero que te sientas siempre bien a mi lado.

 

Hoy es un día tan bueno como cualquier otro para decirte que TE QUIERO.

14.2.08 13:39


De Tenerife a Sevilla

Sí. Me voy para Sevilla. Por muchos motivos: Porque la lluvia es una pura maravilla, porque tiene un color especial, porque el corazón a Triana va y porque he conseguido unos pasajes en Spanair a menos de 60 euros.

Después de reservar una noche de hotel, otra noche de gorroneo en casa del padre de mi novio, quedar con la novia de mi hermano para esa juerga que él nunca le dejó cogerse conmigo e imprimir en 6 folios el mapa del centro ya estoy preparada para lo que el destino me pueda ofrecer, para secar los floreros de los bares y almorzar y cenar tapas.

El viernes dejaré a los perros en casa de algún alma caritativa que me los cuide (mi padre). Espero que puedan sobrevivir sin mí. A Neo le dejaré las zapatillas, que parece que le consuelan de mi ausencia (será el olor anestesiante).

Mañana empezaré a zezear. Meteré en la maleta la peineta y la blusa de lunares y pondré mi mejor sonrisa para un fin de semana que será de todo menos de descanso.

¡Sevilla, prepárate! ¡Que allá voy...!

13.2.08 20:42


Un día de perros

 

Sí, sí… un día de perros. El martes fue un día de perros. De esos días en que mejor te quedas en la cama y no respiras muy fuerte para no coger un resfriado.

Todo empezó sobre el mediodía, después de comer. Mientras plegaba la mesa verde de Ikea, para que ocupara menos espacio y dejaba los dedos anulares de ambas manos justo donde dobla.

Cayó. Cayó de repente la mitad de la mesa. Y cayó sobre mis dedos. Un grito de dolor mientras escondía las manos y apretaba los ojos con todas mis fuerzas. Hacía tiempo que no lloraba. Pero las lágrimas y alaridos de dolor surgieron de mí cómo cuando te caes de la bicicleta por primera vez. Salí corriendo al salón mientras oía a mi novio en la cocina. Se afanaba preparando un vaso de agua con hielos para mitigar mi dolor. Como no daba resultado porque yo era incapaz de mojar los dedos, me abrazó. El dolor disminuía para mantenerse constante. Y fue entonces cuando ocurrió. Su perra estaba en celo y la manteníamos encerrada en la cocina para evitar que mi perro multiplicase la familia.

Tres años y medio educándolo, dándole cariño, cuidándolo, llevándolo a todas partes, para que él hiciese caso omiso a mi dolor y se colase en la cocina loco de amor por Samba. Cuando volvimos a la realidad ya estaban enganchados. Nunca hasta entonces entendí por qué se dice que los perros se enganchan. Pero la expresión no tiene segundas. Se quedaron enganchados. Mi chico intentó despegarlos, pero no había manera. Neo se asustó, pero no podía separarse. Los dos perros fueron juntos a la bañera y allí recibieron una ducha de agua fría. El agua fría sólo funciona con los humanos. Se habían adherido el uno al otro en forma de soldadura. Los llevamos al patio. Allí Neo subía la pata por encima de Samba hasta darse la vuelta por completo, quedando los dos en un alguna postura extraña del kamasutra animal. Los hechos me distrajeron del dolor, aunque cuando intentaba mover las manos para sujetarlos volvía a sentirlo. Acudí a Internet a ver por qué no se podían despegar. No soy precisamente una experta en las relaciones sexuales de los perros y nunca había visto lo que ocurre. Encontré explicaciones de que el miembro del macho se hincha en el interior de la hembra y hasta que se le baje la erección es prácticamente imposible desengancharlos sin crearles lesiones. La erección podía durar entre 15 y 30 minutos.

Así que a esperar. Después de 20 ó 25 minutos se despegaron. Un charco de líquido cubrió el suelo.

Hoy Samba ha sido inyectada con “la inyección del día después”. Mañana recibirá una segunda dosis.

A Neo no parece afectarle la situación incómoda que pasó. No para de llorar por ella.

¿Será amor animal? ¿Podré presentar una reclamación en Ikea?

31.1.08 19:48


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