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Crónicas de Albania

Mis recuerdos de Albania 7

El mercado


De camino al mercado, fuimos a cambiar libras esterlinas por lekes, la moneda albanesa. Lo de moneda era una forma de llamarlo, ya que no existían las monedas como tales; eran todo billetes, trozos de papel viejo y arrugado que utilizaban para sus transacciones comerciales. La gente iba con fajos de lekes en los bolsillos y cada vez que compraban algo, pagaban con un montón de billetes. El valor del leke estaba por debajo del la lira italiana y no era una moneda que tuviese valor en el mercado internacional, así que ni siquiera podías saber su valor real. Posteriormente, sería imposible comprar libras ó dólares con aquellos billetes, así que cambiamos varias veces durante nuestra estancia para no excedernos. Las oficinas de cambio consistían en unos tipos que andaban por la calle y se dedicaban a eso; no había un cambio establecido, sino que comparabas a ver quién te ofrecía mejor precio o simplemente aceptabas lo que te ofrecían.

El mercado consistía en puestos colocados en el suelo o sobre cajas, donde se vendía poca variedad de fruta y verdura. Se podían conseguir, plátanos, manzanas, naranjas, pimientos, habichuelas, cebollas y poco más. El aspecto de la gente era de desaliño, casi todos llevaban el pelo demasiado largo y revuelto como si no hubiesen visto un peine en su vida y las peluquerías no existiesen. Luego ese tacto acartonado de su cabello y su piel; fue entonces cuando me di cuenta lo que hace toda una vida de cosmética: de geles, champús, cremas suavizantes, hidratantes, talcos, perfumes y desodorantes.

Después de conseguir el tan ansiado papel higiénico, un champú y algo de fruta, partimos hacia nuestro otro destino en Tirana: el consulado español.

En vista de la situación que vivíamos y lo difícil que se le hacía a mi compañero salir de nuevo del país, fuimos a solicitar ayuda al consulado para obtener un visado para él. La búsqueda del consulado fue un poco desesperante, nadie había oído hablar de un consulado español. Después de preguntar en el consulado británico, nos dijeron que el consulado francés atendía a los españoles porque no existía ninguno español. Nos dirigimos raudos hacia él, ya que estaban todos en la misma calle. Cuando llegamos, vimos un edificio rodeado por un jardín. La puerta del jardín era como una reja y estaba cerrada. Tocamos al timbre y salió una chica albanesa  preguntándonos que queríamos con muy malas formas. Yo le expliqué en inglés por encima nuestra situación y le dije que necesitábamos un visado para que él pudiese salir de Albania. Ella nos dijo que no se daban visados allí y no nos prestó más atención. Yo me sentía bastante enfadada por el trato; ni siquiera nos permitió entrar y hablar con alguien perteneciente al consulado y que no fuese albanés.

Nos marchamos resignados. Nos pusimos en contacto de nuevo con mi familia y desde España intentamos hacerlo al revés. Aquí le dijeron a mi familia que tenía que enviarle a Albania una invitación como que lo acogían y podría así salir del país. Pero eso era pura teoría; las relaciones diplomáticas allí no funcionaban y el correo tampoco, porque estuvimos casi dos semanas esperando por la carta, que nunca llegó.

19.5.07 19:58


Mis recuerdos de Albania 1

La llegada

Albania es un país del que en España sabemos bien poco, a pesar de que cada vez hay más albaneses que se acercan aquí buscando un futuro mejor.

Indagando en Internet, he encontrado poca información y toda me parece sacada de algún libro de historia.

Yo tuve la curiosa experiencia de estar allí en un momento en el que Albania era protagonista de muchos informativos europeos.

Si mi memoria no me engaña, fue en el año 1997, en los últimos días de enero y los primeros de febrero. Aunque fui por una semana, pasé allí 19 días y 500 noches interminables que jamás he relatado de esta manera y que hoy he decidido contar desde mi propia experiencia, para así ofrecer un punto de vista tal vez más subjetivo de un país que a mí me impresionó.

No me impresionó por su belleza ni por sus paisajes; más bien. por su miseria y su pérdida de toda tradición cultural. Mi recuerdo aún permanece vívido en mi memoria y todos los datos que pueda dar son sacados solamente de ahí.

Yo era la única mujer que viajaba en el ferry que salía desde el Puerto de Bari, en Italia, atravesando el Adriático. Los hombres eran todos albaneses y me miraban con curiosidad. Iba acompañada de un albanés. En ese momento me di cuenta de lo peligroso que sería para una mujer sola viajar a un país como aquel. Antes de desembarcar tuve que pagar una especie de impuesto de entrada (por el simple hecho de ser extranjera), que se repartirían entre algunos.

Lo primero que vi al llegar al puerto de Durres fue a una pandilla de chiquillos cuyas edades iban desde los cuatro a los ocho ó nueve años que corretearon hasta donde estábamos. Iban sucios, con la cara llena de tierra, las ropas harapientas y las piernas llenas de energía. Les dimos unas monedas que yo pensaba que utilizarían para comer algo ese día. Pero los niños son niños en todas partes y corrieron a algún lugar para comprarse golosinas por las que luego se pelearían.

Allí en el muelle cogimos un taxi que nos llevaría hasta nuestro destino: Rogozhin.

El día era claro. No se veía ni una sola nube en el cielo. El sol brillaba de una forma intensa pero sin calentar. Todos los días que estuve fueron iguales: ni una nube, ni una gota de lluvia, un sol cegador y un frío terrible. Un día comprendí por qué los albaneses que había conocido, que eran jóvenes, tenían todos unos rasgos comunes: patas de gallo y esas pequeñas arrugas en la frente. ¡En Albania no existían las gafas de sol! No vi ni a un solo habitante de allí usándolas; sin embargo, el sol era de una luminosidad impresionante.

Durante el viaje en taxi pude observar que existía una única carretera que atravesaba casi todo el país, sin bifurcaciones, sin vías laterales, casi sin curvas y con muy poco tráfico. Me sorprendió que en un país tan pobre el 90% de los coches que circulaban fuesen Audi, Mercedes o BMW. Me sorprendió ver los puestos de fruta y verdura en los laterales de la carretera como únicos supermercados de un país lleno de incongruencias. Me sorprendió la cantidad de antenas parabólicas que sobresalían de casas que apenas tenían unas horas de luz al día y otras pocas de agua corriente.

 

4.5.07 21:05


Mis recuerdos de Albania 2

Mi primer día en Albania

El recorrido en taxi duró más de media hora. Por el camino veía trenes de lavado de coches, aunque era raro ver una gasolinera. El paisaje era árido. Debía ser un mes muy seco, porque no se veía una brizna de hierba por ningún lado.

Por fin llegamos a Rogozhin. No sé si aquello llegaba a ser un pueblo; tenía menos habitantes que esos pueblos de las películas antiguas de Paco Martínez Soria. Las casas se encontraban situadas a ambos lados de la carretera. Eran todas parecidas, sencillas, cúbicas, sin ninguna ornamentación. Nos dirigíamos a la casa de la familia de mi acompañante, que llevaba dos años sin verlos. Le esperaban todos ansiosos en la entrada.

Su familia era inmensa. Era el menor de nueve hermanos y todos ellos, excepto uno que estaba en Italia se encontraban allí esperándole, junto a sus mujeres e hijos. También estaban sus padres, que parecían viejísimos.

El padre era delgado, de facciones marcadas, nariz prominente, con un curioso bigotito fino y gris. Conservaba todo el cabello, de un gris grasiento que se cubría con un gorro blanco y que le convertía en un personaje sacado de alguna historia de Las Mil y una Noches. La ropa le venía larga; era bastante sobria y de tonos neutros. A pesar de su aspecto o su edad, su esqueleto erguido le confería un aspecto saludable.

La madre, por el contrario, era toda redondez. Sus ojos parecían tan antiguos que apenas se percibían las pupilas. Estaba bastante metida en carnes y muy recubierta de ropa. Llevaba pantalones y la cabeza recubierta por un hiyab.

Estaban todos en el portal de la casa y miraban al taxi. Cuando lo vieron bajar, se produjo un revuelo. Fue emocionante. Yo me mantuve al margen viendo la escena, pero me entraron ganas de llorar. Él los iba besando y abrazando uno a uno. Luego me tocó a mí; fue terrible saludar a tanta gente.

Habían niños de diferentes edades que me miraban como si yo fuese una estrella de cine. Entramos a la casa y nos acomodamos todos en una habitación en la que posteriormente dormiríamos. Nos sentamos como pudimos; algunos en la cama, otros en sillas y muchos en el mismo suelo. Entonces comenzó la narración de mi acompañante. Él hablaba y los otros le hacían preguntas. Yo no entendía nada porque hablaban en albanés, sólo algunas palabras sueltas y expresiones, pero intuía los temas por sus expresiones y ademanes. Ellos le hacían preguntas y él narraba como si contase una gran batalla. En algunos momentos, él contaba algo y todos estallaban en carcajadas. En otras ocasiones parecían preguntar por mí. A menudo me miraban o de pronto alguien me tocaba con la mano, como intentando reconfortarme. Me tocó sentarme al lado de su madre. Ella despedía un olor nauseabundo, olor a orines mezclado con sudor. Yo no había comido nada en todo el día y entre el olor y el estómago vacío me empecé a marear. La exposición de bienvenida duró tres largas horas que a mí se me hicieron interminables. Cuando empezó a anochecer por fin se marcharon a sus casas y yo pude tener un poco de paz.

En la casa vivían sus padres y uno de sus hermanos con su mujer y sus dos hijas. Los abuelos dormían en la cocina, que era la habitación más cálida de la casa. Había una gran cocina de leña en el medio que hacía de calefacción central y junto a ella, los habitantes se sentaban en unas camas sencillas aprovechando el calor que desprendía. Las niñas dormían con los abuelos, acopladas en sus camas.

Su cuñada nos preparó algo de comer. La comida consistía en un pimiento asado, unas aceitunas negras pequeñas y descoloridas, un huevo guisado y un vaso de leche ordeñada esa misma mañana de una vaca que tenían por fuera de la casa. Yo no comí mucho. Todo me sabía rarísimo.

 

5.5.07 00:52


Mis recuerdos de Albania 3

Albán

Al día siguiente nos levantamos temprano. Había un gran revuelo en la casa. Habían aparecido por allí todos los sobrinos y querían verme y hablar conmigo. Como yo no los entendía se dedicaron a darme clases particulares de albanés. Me señalaban a una bombilla y me decían: - Drit-, y yo lo repetía como si fuese Tarzán recién salido de la selva.

Las niñas me cogían la mano y se quedaban extasiadas mirando mis uñas de color azul metalizado. Yo saqué el esmalte de uñas y se las pinté a ellas también. Una de las sobrinas tenía unos seis o siete años. Tenía la cara redonda y los labios finos. Vestía siempre un jersey rojo y llevaba en el cuello  un collar de cuentas blancas. Era bastante coqueta y observaba cada detalle de mi vestimenta, me tocaba el pelo, las manos. Decía que mis manos eran muy suaves. Yo miraba sus pequeñas manos, resecas, agrietadas, con un tacto áspero impropio de su edad.

La casa era nueva: hacía poco que la habían terminado con el dinero que mi compañero les enviaba desde Londres. Estaba bastante mal acabada. Las ventanas estaban torcidas y entraba aire por todas las rendijas que quedaban descubiertas. Hacía bastante frío allí dentro, pero la puerta permanecía abierta casi todo el día, sin que el calor de la cocina de leña pudiese extenderse.

Las niñas sacudían las alfombras que cubrían el pasillo y el recibidor y fregaban el suelo arrodilladas con unos trapos mojados que enjuagaban en un cubo y retorcían luego con sus pequeñas manos cuarteadas.

Albán me miraba. Tenía sólo cinco años, la cara sucia y la mirada quieta. Inmediatamente se convirtió en mi favorito. Era casi el más pequeño de la familia, exceptuando a otra pequeña de menos de dos años. Tenía el pelo rubio y demasiado largo; el flequillo casi le tapaba los ojos, que eran pequeños y rasgados y siempre tenía esa expresión de necesitar urgentemente unas gafas de sol. Mi compañero le hacía rabiar y yo lo defendía. Pronto me gané su cariño y en cuanto cogió confianza intentaba también que yo le entendiese al hablar y se esforzaba en hacerme gestos y señalarme objetos.

Me pareció curioso el no ver nunca a los niños jugando. No tenían juguetes, pero tampoco parecían inventarse sus propios juegos como hacía yo cuando era pequeña. Les gustaba estar al lado de la gente mayor y escuchar sus historias. Eran muy tranquilos.

Esa tarde fui a ver el resto del pueblo. Teníamos que ir por la carretera hasta llegar a una zona donde se ampliaba y habían más casa alrededor. A mitad de camino había una especie de cuarto con una mesa de billar, que era la única actividad que podían practicar los pocos jóvenes que quedaban en el pueblo. Así pues, eran unos profesionales. Yo entré y jugamos varias partidas. Los chicos se sorprendían de verme jugar al billar, pero yo practicaba habitualmente por aquel entonces y no jugaba del todo mal. A pesar de ello, no había quien les ganase.

Continuamos por el camino y paramos en uno de esos puestos de los bordes de la carretera. Compramos algunas naranjas y plátanos, que se convirtieron por esos días en la base de mi alimentación.

Cuando llegamos al pueblo, éste parecía deshabitado. Sólo unos pocos viejos se reunían en las esquinas a hablar de sus hijos y de qué les habían contado desde el extranjero. Yo sentí que la noticia de nuestra llegada había corrido más que la pólvora y que todo el mundo hablaba de nosotros. Nunca supe qué decían, pero me sentí siempre observada, como si nunca hubiesen visto a alguien de otro país, con otros rasgos, otra ropa…

5.5.07 20:22


Mis recuerdos de Albania 4

La situación del país

Por aquel entonces, existían problemas en Albania. Albania fue un país comunista durante unos 50 años. Cinco o seis años antes había muerto el líder comunista y la transición hacia la democracia fue una época dura, llena de conflictos. Se destruyó todo reflejo cultural perteneciente al pasado comunista con las promesas de crear una nueva Albania democrática. Miles de jóvenes albaneses huyeron en esos años del país, hacia los países vecinos más prósperos: Grecia, Italia, Alemania, Inglaterra.

Mi compañero fue, si no el primero, uno de los primeros en salir del país. Cuando Albania aún era comunista y con dieciséis años, cruzó a pie la frontera griega. Allí lo acogió una pareja durante seis meses, hasta que por fin se abrieron las fronteras y pudo volver a entrar. Mis conocimientos sobre Albania se refieren a lo que él me contaba y mi visión está basada en mi propia experiencia.

Durante esa época gobernaba Sali Berisha, líder del Partido Democrático, y ya desde antes de mi entrada yo tenía conocimiento de una empresa de tipo piramidal que se había confabulado con el gobierno albanés y que se llamaba algo así como “Fundación de Caridad”. Esta empresa, a través del Banco Nacional, prometía unos intereses altísimos a quien depositase allí su dinero. La sed capitalista que recorría la sangre de los albaneses desde el fin del comunismo hizo que casi la totalidad del pueblo invirtiera sus ahorros en esta empresa, que no se sabía bien de dónde había salido. Invirtieron el dinero que les mandaban sus hijos desde Europa. Algunos llegaron a vender sus casas, sus tierras y su ganado con la promesa de que en un par de meses ese capital se vería triplicado.

No tengo conocimiento de si alguien consiguió algún beneficio. El único texto que he encontrado acerca de aquel momento y que cuenta fielmente lo que yo viví, es un texto en inglés que afirma que los primeros inversores sí obtuvieron beneficios pagados con el dinero de los últimos inversores. Pero sí sé que precisamente en el momento en que yo visitaba a aquella familia de albaneses, el pueblo comenzó a darse cuenta de la estafa. Sabían que el gobierno estaba metido y reclamaban su dinero. Sin embargo éste, no se daba por enterado.

Fue entonces cuando comenzaron los primeros levantamientos.  El pueblo se alzó contra la policía albanesa. Yo viví desde el televisor en blanco y negro de aquella humilde casa el levantamiento de Vlora, una ciudad costera donde la situación llegó a ser alarmante. La exasperación del pueblo había llegado a límites insospechados y el enfado general fue dirigido por el Partido Socialista y otros grupos de la oposición. El gobierno se defendía brutalmente a través de la policía. Recuerdo que se decía que en Vlora habían matado a más de 10 policías en aquella revuelta.

No fue la única ciudad donde hubo levantamientos; en la capital, Tirana, también los hubo, así como en diversas ciudades que afortunadamente quedaban lejos de aquel pequeño pueblo que era Rogozhin.

6.5.07 15:05


Mis recuerdos de Albania 5

El tren

Esos primeros días y ante las perspectivas desoladoras que me rodeaban, decidí dar señales de vida… Había viajado desde Londres en tren y mi familia sabía que iba rumbo a Albania; pero antes me había parado un par de semanas al norte de Italia, en la provincia de Aosta, donde los Alpes confunden las fronteras entre los países.

Las últimas noticias que tuvieron de mí fueron al recibir una postal que envié en París antes de partir hacia Italia.

Una vez en Albania, vi que no era tan fácil llamar por teléfono; no había ni una sola cabina y sólo unas pocas casas contaban con línea telefónica. Decidí enviar unas postales que curiosamente conseguí, a pesar de que no había turismo alguno.  Cuando llegué a la oficina de Correos de Rogozhin con mi inseparable traductor, me dijeron que no tenían sellos y no podía enviarlas. ¡Increíble! ¡Una oficina de Correos sin sellos! ¿Entonces que sentido tenía? ¿Tendrían cartero? Fue una de esas incongruencias que me sorprendían cada día. Así que decidí que llamaría por teléfono cuando visitase Tirana. Íbamos a ir a comprar algunas cosas de primera necesidad. Por lo visto estaba mejor surtida que Rogozhin, donde no había ni una sola tienda. Yo necesitaba urgentemente comprar papel higiénico. Me daba igual como se lo montasen ellos en sus intimidades… pero las necesidades básicas son las necesidades básicas, y las hojas de higuera no me servían…

El camino era largo y no disponíamos de vehículo, así que había que ir en tren.
Había que caminar un poco para llegar a la parada. Por el camino, pasamos junto a un solar donde había un caballo más triste y delgado que Rocinante. Se alimentaba de unas briznas de paja seca que conseguía arrancar del suelo y que no tenían el aspecto de ser muy nutritivas.

Cuando llegué a la estación me dediqué a observar detenidamente las vías del tren. No me creía que por encima de ellas pudiese circular ninguna máquina sin salir descarriada en la primera curva.
Había unos raíles herrumbrientos que estaban unidos por unos viejos tablones de madera, fijados con grandes clavos al suelo de tierra. Me recordó a aquellas películas del Oeste donde los malos asaltaban trenes cargados con el oro de algún banco. Sólo que aquí no había oro. Lo único que relucía era el sol; ese extraño sol salido de otra galaxia que nos cegaba sin darnos calor. Y el tren, el tren llegaba… ;parecía tan antiguo como los del viejo Oeste. Nos subimos y nos acomodamos como pudimos en los duros asientos. Comenzó a salir; se movía lentamente.

Yo llegaba de otra parte de Europa donde se viajaba en trenes de alta velocidad que pasaban de un país a otro en dos horas y media: los modernos trenes de Eurostar; luego había pasado a trenes más antiguos que recorrían en una noche Italia desde el norte hasta el sur. Pero aquel tren… aquel tren era una cafetera vieja que no se decidía expulsar el vapor.

7.5.07 22:57


Mis recuerdos de Albania 6

Lentamente y traqueteando llegó el tren a Tirana. Atravesamos suaves colinas alejadas de la carretera. El paisaje era árido y frío. Los campos se veían secos, vírgenes. Tanta tierra sin cultivar... Yo me preguntaba si había alguien en aquel país que trabajase. La gente parecía dedicarse sólo a respirar.

Por fin llegamos a Tirana. Mi primera impresión fue que era mucho más pequeña de lo que me imaginaba yo la capital de un país y de lo que me había parecido en las imágenes que había visto por la tele.

En la plaza principal, había un gran edificio piramidal: el museo del dictador Hoxha; estaba rodeado de amplias escalinatas y era el centro neurálgico de Tirana; desde allí se divisaban varios edificios pertenecientes a un pasado musulmán. Había una mezquita con una gran cúpula, el E’them Bey que destacaba como uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad; tenía dos torres separadas a los lados, una torre afilada que apuntaba al cielo desafiante y otra torre de diferente aspecto, más parecida a las de nuestras iglesias católicas, con un reloj en lo alto.

Era curiosa la mezcla de religiones de aquel país. Aunque su población parecía ser mayoritariamente musulmana, los años de comunismo los convertían en unos necesitados de cultura religiosa, y parecía que les importaba poco qué religión escogían. Así pues, en la familia con la que conviví esos días se entremezclaban unos abuelos musulmanes, con unos hijos ortodoxos y unos nietos católicos que realmente no parecían tener mucho conocimiento de ninguna de aquellas religiones. Presumían de haber recuperado un dios, de creer en algo, pero su fe no tenía nada que ver con la fe inculcada en los cerebros de los creyentes a base de miedos y promesas; era una fe democrática; ahora ellos también podían tener religión.

Los coches circulaban de cualquier manera; no estaban pintadas las líneas de la carretera ni había semáforos o señales. La zona central era muy amplia; cada cual iba a su aire y como el tráfico era más bien escaso se las apañaban para no chocar unos con otros.

Lo primero que hicimos tras el recorrido de reconocimiento por el centro fue preguntar dónde había una cabina telefónica, puesto que no encontrábamos ninguna visible. Cuando por fin llegamos al “locutorio telefónico” que nos indicaron, mi mandíbula inferior llegó a tocar la tierra del suelo de lo primitivo que me pareció. Los teléfonos estaban metidos en unas grandes cajas de cartón a modo de cabinas. Sólo había dos; dos cajas con sendos teléfonos, que curiosamente funcionaban metiendo una tarjeta electrónica y no con monedas; dos teléfonos constituían la  telefonía pública de la capital del país. La tarjeta era lo más moderno de todo el invento; venían escritas en griego, procedentes de algún fabricante más amañado del país vecino. Después de lo de la oficina de correos sin sellos, parecía que pocas cosas me iban a sorprender más, pero ignorante de mí, que había subestimado la precariedad de aquel país.

Tras hacer una corta llamada a España informando de mi posición y de que estaba bien, mis padres me daban noticias de que la situación en Albania era del dominio público y ocupaba los informativos de todas las cadenas nacionales. A pesar de ello, uno nunca se imagina lo que se vive detrás de esas imágenes de desdicha que aparecen en países para nosotros lejanos, mientras nos encontramos en nuestro país seguros de todo mal y revolucionando a la opinión pública por la más absurda nimiedad.

Allí, mi principal preocupación hasta mi llamada era que nadie sabía donde estaba; podía pasarme el resto de mi vida secuestrada en aquel país y nadie volvería a saber de mí; nadie se enteraría si moría, si tenía un accidente o si de repente enfermaba. El andar por la calle sola era impensable; mi aspecto de extranjera era demasiado evidente, no comprendía lo que me decían ni aquella gente hablaba una palabra de inglés o español. Muchos de los albaneses que habían emigrado habían elegido el camino rápido, la vía fácil de la corrupción, de la trata de blancas, la estafa, el robo y no tenían principios morales ni ética más allá que la de defender su propio pellejo. Los veía por la calle, los podía reconocer; tenían un aspecto diferente, una mirada que daba miedo.

En contraposición, estaba la ingenuidad de los que seguía allí, de los mayores, de la gente sin malicia que esperaba que las cosas mejorasen, de los niños, víctimas inocentes de una sociedad sin orden. Yo me preguntaba: ¿cuántos de estos niños superarán las duras pruebas que la vida les va a interponer?

Luego, nos dirigimos al mercado.

10.5.07 01:23


Mis recuerdos de Albania 8

Albania y sus costumbres

Los días en Albania se convirtieron en días de terror. Yo quería irme y mi compañero me suplicaba que no lo dejase allí, solo. Tampoco yo era capaz de poner un pie en la calle sin su compañía. Todo me olía a peligro, cualquier hombre me parecía un violador o un asesino en potencia, despiadado y falto de temor.

Esperaba una invitación para pedir el visado para que él pudiera salir, pero los días pasaban y la carta no llegaba.
Esos días me obsesioné con la comida. Supongo que el cuerpo me lo pedía, ya que mi alimentación se basaba en naranjas, plátanos y algún plato de arroz con leche caliente, que conseguía reconfortarme. Bajé unos cinco kilos en dos semanas. Cuando al regresar me miré en un espejo, no reconocía mi cara de lo chupada que se me había quedado.

También pude ver a la policía montada albanesa. No se parecía en nada a la policía montada londinense, que cabalgaba majestuosa con su pulcro uniforme en aquellos magníficos caballos. En realidad, sólo vi a uno. Iba con un sucio uniforme oscuro montado sobre un burro más sucio y quejumbroso que él. Quise sacar una fotografía, pero ¿dónde están las cámaras cuando las necesitas? El resto de policías que vi iban todos a pie.

Mi primer y único paseo en burro fue una noche, que nos dirigíamos al oscurecer a casa de la única hermana de mi compañero. El animal caminaba casi a oscuras sorteando piedras y un abrupto terreno mientras yo hacía malabarismos sobre él para mantenerme asida y no caer rodando y me sentía como un fardo de mercancía. Toda una experiencia que sólo recomiendo a los más osados.

Al llegar allí, nos recibieron de la forma tradicional. Los hombres se daban tres besos en la mejilla, a las mujeres nos tendían la mano y las mujeres entre sí también se daban la mano. Parecía el país de las maravillas de Alicia, donde todo funcionaba al revés.

Recuerdo uno de los días en que me preguntaron mediante señas si quería comer, yo negué con la cabeza y al cabo de un rato me encontré un plato de comida puesto ante mí. Luego descubrí que en Albania, para afirmar mueven la cabeza de un lado a otro y para negar de arriba hacia abajo.

Cuando recibían visita, los albaneses tenían su peculiar forma de convidarte. Te invitaban a beber Portokale (o algo así...). Era una especie de Fanta de naranja embotellada en algún lugar de Grecia, que constituía el único refresco y bebida casi oficial. Llegaba la mujer de la casa con una bandeja y vasos sólo para los invitados y el hombre de la casa. Ella no participaba en el festín. El Portokale fue lo único que me atreví a beber durante toda mi estancia, por algún extraño motivo de higiene, nunca osé probar el agua.

La higiene era algo que me obsesionaba. Nunca he soportado tener el pelo sucio y menos aún el cuerpo. Allí el bañarse todos los días era algo que asombraba a todos. Realmente, excepto a las niñas un día, nunca vi que nadie se fuese a la ducha.

Aunque en la casa existía el agua corriente y la electricidad, éstas estaban limitadas a unas pocas horas diarias. El termo era eléctrico y la electricidad la ponían por la noche. Las tres horas que duraba coincidían con las horas en que cortaban el agua, con lo cual era imposible darse una ducha de agua caliente. Así que me instalé en la Edad Media y empecé a calentar un gran caldero de agua con la leña del exterior durante el día. Luego lo llevaba hasta el baño y lo mezclaba con el agua helada consiguiendo que se quedase tibia. Lo peor era tener que desnudarse para bañarse. Al salir hacía tanto frío que tenías que dar saltitos durante algunos minutos para entrar en calor. Sólo mi champú Elseve de Loreal conseguía hacerme feliz, lo había comprado en el mercado de Tirana como quien compra la última tecnología. Allí usaban para todo unas grandes pastillas de sosa cáustica que te dejaban la piel como si fuese de esparto.

Uno no sabe apreciar las cosas más sencillas hasta que carece de ellas.

15.8.07 15:26





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