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La piedra y el cascanueces

 

 

Érase una vez una piedra marrón de río, perfectamente pulida, redonda, brillante.

Vivía en el lecho del río, rodeada de algas, alegre y contenta de sentir el agua a su alrededor, de pasarse las horas tranquilita en su sitio, de dedicarse a contar pececitos antes de dormir.

Fue un día aciago cuando aquella sombra se acerco nadando hacia ella, vislumbró una boca y luego oscuridad. Fue tanto el tiempo en oscuridad que olvidó las algas, olvidó los peces, olvidó el agua y al final se olvidó de sí misma.

El pez no pudo resistirse a aquel baile brillante que jugueteaba tras el sedal y acabó en la cesta del pescador. Éste fue clemente con el animal, dejó que muriera ahogado mientras se sacudía frenéticamente.

Ya en casa, limpió las escamas y abrió la barriga de un largo tajo. La piedra no sintió la luz ni el cuchillo, pero estaban allí. El pescador la miró durante un momento: una piedra marrón. La secó y la volvió a mirar, una pequeña sorpresa, tan pequeña como una nuez. Sin pararse a pensarlo la dejo en la cesta de las nueces, y allí se hundió la piedra.

Las nueces recibieron alborotadas a su nueva compañera. “Bienvenida”, gritaron las nueces de la tierra entre jaranas y aplausos: - ¿De dónde eres? - preguntaron. Las nueces de California, más puestas, dijeron sólo un sobrio: - Hi! where are you from?-. No les llegó respuesta a ninguna. Aquella extraña y callada nuez que se había hundido en el cuenco permaneció impertérrita a sus preguntas. - Será una nuez china, ahora tocan todos los mercados -, concluyeron las nueces. Y allí permaneció, mientras sus compañeras parloteaban incansablemente.

Llego el día en que el pescador llevó el cuenco al salón. Ese viaje sería sólo de ida para la mayoría de las nueces, a veces para todas. Aquellas que habían logrado sobrevivir ya se encargaron de narrar cuentos de terror en los que un maquiavélico ser gritaba exigiendo más nueces para destrozarlas.

- Venid a mí, venid a mí, venid a mí... – gritaba el cascanueces. – ¡Nueces, nueces, nueces!. Yo decido, yo mastico, yo destruyo. – aullaba el cascanueces –. - Nueces, nueces, nueces. Mis dientes son más fuertes, mi boca más grande, mis mandíbulas, las más feroces, - bailaba desaforadamente – Nueces, nueces, nueces, adoradme antes de morir.

Las nueces gemían y temblaban dentro de su cuenco. Pequeñas como eran, diminutas nueces dentro de la boca del cascanueces. Siempre el mismo rito, siempre el mismo resultado. El cascanueces estaba orgulloso de su trabajo, le encantaba esa pequeña lucha desigual en la que la dura nuez acababa cediendo frente sus imponentes mandíbulas, el crujido final, como una explosión de fuegos artificiales, desparramando la nuez entre su boca, disfrutaba sintiéndolas temblar en sus fauces; ese momento lo era todo en su vida.

Y así, comenzaba el fatídico día; las nueces sollozando e intentando escapar en el cuenco, deseando no ser escogidas; los aullidos del exultante cascanueces entre chasquido y chasquido. Fue entonces cuando escogieron a la china cuando todas se dieron cuenta de que no conocían su nombre. A ninguna le dio más pena que la compasión que sentían por sí mismas al temerse ser las próximas.

El cascanueces no la sintió temblar en su boca, pero eufórico como estaba, no llegó a darse cuenta. Apretó, apretó más de lo que lo había hecho en toda su vida; apretó tanto que los dientes rechinaron, hasta que finalmente oyó el crujido; pero esta vez fue el suyo. No soltó ni una lágrima, ni un suspiro. Reventó por su eje y la china salió disparada, atravesó el salón y se perdió por una ventana abierta.

Las nueces no dieron crédito a lo que había pasado; lo comentaron entre susurros en el trayecto de vuelta a la cocina. Aquel día sólo habían perdido a media docena de las suyas sin contar a la china, aquella nuez callada que había derrotado al cascanueces y escapó del cuenco.

Desde entonces, las nueces sueñan con escaparse, con derrotar al cascanueces y fugarse como la china. Relatan aquel prodigioso hecho adornándolo de mil maneras, y aunque sollozan el día que viajan al salón ya no tiemblan tanto como antes al enfrentarse a los cascanueces. Incluso, de vez en cuando, alguna consigue resistir a su boca el tiempo justo para que se rompa su cáscara junto con las mandibulas del cascanueces.

Y ésta es la razon de porque a algunas piedras se les llama chinas.

(Los cuentos de Papá Lobo, por Arturo Ruiloba)

Esta es una historia que a mí me ha gustado mucho y que escribió mi novio. Todavía estoy esperando a que me escriba "La piedra y la rana", pero se cree que ya me tiene conquistada y no escribe nada. Aquí les dejo el enlace a su blog:

http://www.jeecko.blogspot.com/

14.8.08 23:11
 




A día 6 Comentario(s)     URL del enlace de referencia


ayhesa (15.8.08 15:24)

Me ha encantado en cuento " De la piedra y el cascanueces "
Felicidades a tu novio, opino que llegará lejos como escritor.
saludos


anita (22.8.08 22:11)
Hola sandra, me ha gustado la historia, cuando Michelle sea un poco más mayor se la explicaré, seguro que le gustará...

Esperamos verte en octubre que vamos para allá.

Besitos de los tres. MUAAAAAACCC


micros / Página web (26.8.08 00:02)



caperu (14.9.08 01:33)
Hola Sandra, soy de Vigo pero me hubiera desplazado para tomar un café contigo clao está, si que escribe bien tu novio, me pasaré por su blog.
saludos


Arquimedes / Página web (26.11.08 22:50)
A mi tambien me ha gustado mucho, muchas felicidades.
Un abrazo


Ed Hardy / Página web (2.12.11 03:11)
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