Tengo treinta y seis años y me considero espectadora y participante de saltos gigantescos en las creencias y estilo de vida de la sociedad. A pesar de esto, muchas veces me tropiezo con gente que parece estar anclada al pasado, con las convicciones grabadas a fuego en los genes intransigentes heredados de sus ancestros.
Para poner algunos ejemplos, observemos cómo ha evolucionado la familia: La familia tradicional estaba compuesta por el padre, la madre y los hijos, que solían ser más de uno. El hombre asumía el rol de mantenedor y la mujer se encargaba de la educación y crianza de los niños, así como de las labores domésticas. Las parejas se mantenían unidas por el matrimonio, que era un contrato indestructible para toda la vida.
¿Cómo ha cambiado el concepto de familia?
La vida moderna ha despertado a la mujer de su posición de sumisión y la ha hecho abrirse a nuevas alternativas sin tener por ello que renunciar a su condición de madre, pero teniendo que adaptarse en muchos aspectos: le ha cedido terreno al padre, al que se le ha permitido y en cierto modo, impuesto participar en las labores que hasta ahora eran exclusivas de la mujer. Igualmente, la mujer ha adquirido terreno en áreas que anteriormente era impensable que una mujer participase.
Pero no han sido éstos los únicos cambios. Hemos sido capaces de aceptar la homosexualidad como una condición natural de un ser humano, eliminando el concepto de desviación, enfermedad y aberración que se tenía antiguamente. La homosexualidad ni siquiera es propia del ser humano; existe en muchas especies animales, aunque antes se ocultaba y negaba este hecho. Pero los documentales de hoy en día muestran la realidad tal cual es. Se ha observado comportamiento homosexual o bisexual en casi 1.500 especies animales. Y todavía hay gente que lo niega. Ejemplos de estas especies serían el bisonte americano, el delfín mular, el elefante, la hiena manchada, la oveja, el león, la libélula, la lagartija, el macaco japonés y una infinidad más de ejemplos de los que nos daríamos cuenta con una observación más detenida del reino animal.
Una vez aceptada la homosexualidad, se presenta otro pero: ¿Es lógico y aceptable que dos homosexuales críen a un niño? Este debate aún no ha terminado. Aunque para muchas personas nos parezca obvia la respuesta, para otros muchos que aún no han conseguido liberarse de sus prejuicios y de esos argumentos aprendidos a base de repeticiones a lo largo de la infancia. Esas frases construidas que ya nos suenan a tópicos: “un niño necesita a un padre y una madre”, “eso no es natural”. En primer lugar y para contrarrestar estos tópicos, debemos observar los hechos. ¿Cuántos niños se han criado sin padres o sin uno de ellos? ¿Cuántos se han criado con los dos y a pesar de ello se han convertido en delicuentes, drogadictos o simplemente malas personas? ¿No se crían los homosexuales en entornos heterosexuales? Un niño necesita cariño, necesita una educación, pero ¿quiénes somos nosotros para decir cuál es la educación más adecuada? ¿quién nos hace estar en poder de la verdad absoluta? Cada cual cría a sus hijos como puede, enseñándoles lo que sabe, bueno o malo. Porque lo cierto es que vamos a inculcar en esos niños nuestros propios principios y forma de pensar y esperamos que los mantengan a lo largo de su vida.
El proceso de maduración es aquel en el cual asumimos unos principios en nuestra vida, sean aquellos que hemos aprendido en nuestra infancia o aquellos otros por los que hemos optado a través de nuestra propia experiencia. Una vez asumidos, esos principios son difíciles de cambiar y nos negaremos a cambiarlos aunque nos pongan pruebas de que son incorrectos delante de las narices.
Ahora está abierto el proceso de demostrar que la normalidad también cambia, y lo que antes era normal y aceptable, también se queda obsoleto. Las normas las dicta el propio ser humano y no la naturaleza y no podremos avanzar si cambiamos unas cosas y otras las intentamos mantener a pesar de la falta de argumentos.
No nos dejemos engañar. A veces las incongruencias en la historia, desconocidas para la mayoría, nos hacen reflexionar. Cuántos políticos ansiosos de poder hablan de familia, mientras mantienen relaciones homosexuales ocultas, cuántos hablan de fidelidad, mientras pagan prostitutas de alto standing, cuántos hablan de religión, mientras imponen un sistema capitalista, que sería lo más opuesto a los conceptos proclamados por esas religiones que tanto defienden, cuántos hablan de procreación, mientras destruyen el mundo que heredarán nuestros hijos, ¡cuánta palabrería para llenarse los bolsillos de dinero y la cabeza de poder!
Observemos y escuchemos lo que no es socialmente aceptable y reflexionemos el por qué. Tal vez consigamos ampliar nuestro concepto de justicia.
Procuremos no formar parte del grupo de borregos fácilmente manipulables que quieren que seamos, que es lo que han sido las mayorías a lo largo de la historia, grandes grupos de borregos manipulados por grupos más reducidos ansiosos de poder que se aprovechan de la ineptitud de la gran mayoría. Para que esto no ocurra hay que formar y educar, crear cabezas pensantes y capaces de razonar y eso no interesa a los pequeños grupos dominantes: grandes empresarios, políticos, entidades religiosas.
Por eso el mundo está como está, por eso siguen habiendo países tercermundistas. Si nuestros gobiernos solucionasen los problemas de infraestructura, alimentación y educación en los países subdesarrollados, ¿quiénes trabajarían como mano de obra barata para las grandes multinacionales? ¿Eso sí es normal? ¿Son ellos mejores que dos homosexuales que desean criar a un hijo, darle una educación y todo su amor?